‘Sin playa, es como si no hubieran verdaderas vacaciones’, una narración de María Tesías

Son los últimos días libres que tengo antes de incorporarme al trabajo, tras el mes de vacaciones estivales. Este año la playa apenas la he disfrutado; sin playa, es como si no hubieran verdaderas vacaciones.

Eso lo aprendí con mis padres. Ellos, cada verano nos llevaban a mis hermanas y a mi a pasar algunos días a la costa. Luego, yo he repetido esa pauta y deseaba que éste año también me acariciara el agua fresca del mar, que las olas me balancearan y verme bronceada la piel.

Sin playa, es como si no hubieran verdaderas vacaciones

Desde que mi amiga se fue a Málaga no la he vuelto a ver. Me ha enviado fotos de su nueva casa y deseaba visitarla y disfrutar de su risa y humor, de su buen talante y su calma. Inicié los pasos y conseguí una habitación de hotel muy cerca de su casa, apenas tres manzanas y en la misma acera, nos sentimos como vecinas del mismo barrio.

Reconozco que me daba un poco de miedo la aventura de ir en autobús y sobre todo le temía al calor. Sin embargo, cuando llegué a la estación de Málaga quedé gratamente sorprendida porque la temperatura era francamente agradable, suavizada por una leve brisa costera.

¡Que alegría nos dio vernos! Nos abrazamos y comenzamos a charlar y a caminar en busca de otro autobús hacia un barrio interior de la ciudad.

Acompañé a mi amiga a una reunión de trabajo con una colega de difícil trato. 😯 Cuando me vio sintió que un milagro se producía. Y es que se sabe en necesidad de ayuda y cualquiera podría significar una señal.

Espero que algún reflejo la iluminara porque es tan difícil su trato como necesaria su presencia en el proyecto de trabajo, o al menos así lo ve ella.

Fuimos a comer ya tarde. Nos esperaba una rica ensalada de naranja con bacalao, aceitunas, huevo, cebolla, maíz y su buen aliño con aceite de oliva y vinagre que nos hizo las delicias y sació nuestro apetito.

La ensalada nos la hizo la compañera de piso de mi amiga. Se conocen desde hace muchos años cuando sus niñas eran pequeñas, y ahora, tras enviudar cada una, comparten sus vidas.

“Se cuidan y acompañan, se entienden y respetan.”

La cercanía de las viviendas nos permitió disfrutar de un rato de intimidad, descanso y de una buena ducha, para preparar nuestra salida nocturna, con un grupo de mujeres, por el centro de la ciudad.

Una de las chicas, no sabemos por qué ocurrió, se despistó del grupo y se nos perdió de vista. Tras el suceso decidimos tomar algo y charlar de lo que se nos ocurriera. Cuando comienza a contar el nuevo día, se unió a nosotras mi marido y continuamos con una animada conversación unas cuantas horas más.

Dejé mi móvil olvidado en el aseo del restaurante; pero aún hay gente honrada, como dice mi amiga, y a la mañana siguiente fui a recogerlo temprano.

La playa nos esperaba y yo estaba ansiosa por encontrarme con ella. Había alerta de medusas en otras calas, pero la suerte me acompañaba y en ésta calita de El Palo, apenas se vio alguna aguaviva, como las llama mi amiga. Bonito nombre para éste invertebrado marino de cuerpo gelatinoso y casi transparente que cuando pica, produce irritación e hinchazón de la piel. Por eso, su presencia asusta tanto.

Un día de baño en agua fresca, transparente y suave oleaje, se abría paso. De sol agradable, calentando nuestra piel al salir del agua y bronceándola con caricia, protegida por una nutritiva crema hecha a mano, en mi laboratorio de cosmética amable y cuidadosa con la naturaleza que nos envuelve y conforma. Pasó el día y llegó la noche, descanso y sosiego para un día muy completo.

Otro día más de playa nos esperaba. Temprano, cuando aún no quema el sol llegamos al agua. Estaba transparente y calmado el oleaje. La primera impresión era fresca, hasta que las temperaturas se igualaban.

Después, un inmenso placer en cada poro, en cada centímetro de mi piel. Flotando en la superficie acuosa, sintiendo el sostén del agua, el rítmico balanceo de las suaves olas. Abajo, pequeños peces se mueven inquietos de un lado para otro. Yo arriba, me dejo llevar, respiro y me relajo boca arriba en el salobre líquido. Oigo el sonido del oleaje, las voces de las criaturas jugando, las madres que las alertan de los peligros. Las parejas que se achuchan escondidos entre las aguas que ocultan sus caricias. Miradas furtivas desde la orilla, no pierden detalles que les entretiene la vista.

Otro día más de playa nos esperaba en El Palo

Avanza el día. Lentamente llega el atardecer, las gentes se han ido retirando, apenas algunas quedan jugando a las palas, ahora que no molestan. El sol está próximo al horizonte, tiñe de rojo y anaranjado el cielo. El contraluz es fabuloso, contornos de palmeras majestuosas con el sol entre sus palmas despiden el día, dando paso al suave azul nocturno poco a poco hasta que la media luna aparece acompañada de los primeros astros.

Es hora de tomar algo, el olor del humo de la leña quemada en las barcazas, donde espetan frescas y sabrosas sardinas malagueñas, nos atrae hacia una de ellas. Allí, atendidos por gentes calés, amables y serviciales, graciosos y atentos, unas y otros, nos sacian el apetito y dan cobijo a nuestra agradable conversación, regada con tres Victorias que nos refrescan el paladar.

Y de postre, no podían faltar los dulces helados, saboreados lentamente mientras paseamos a lo largo del paseo marítimo, animado por una multitud de gentes que hacen lo mismo que nosotras, disfrutar de nuestra costa, comer ricos pescados, reír y vivir el momento, en el mejor día de todo el verano, en la playa de El Palo.

María Tesías Herrera