Un imán de nevera, una despedida y lo que está por venir . Por Laura Gordon

Algo se desprende de ti cuando tienes que despedirte de una casa que ha estado contigo toda tu vida. Y es que, a medida que avanza el proceso, tu mente decide dibujar escenas aleatorias sin parar.

Comes de nuevo en la mesa de la cocina, con un trapo por babero, mientras ella cocina filetes a la plancha con patatas y de postre hay flan. Resuelves problemas o coloreas cuadernos de los blanditos en la mesa redonda, esa que era demasiado alta para sus sillas, mientras él ajusta su reloj. Estás sentada en el sofá viendo “Heidi A” y “Heidi B”,
grabadas en VHS y etiquetadas así, a mano con su letra. Alcanzas mantas llenas de bolitas de naftalina de los altillos o preparas café para catorce porque es el cumpleaños de no sé quién.
Y, ¿sabes qué?

De repente, aparece un fenómeno extraño que no pega contigo ni con tus ansias de vivir inmersa en el minimalismo: cualquier objeto, hasta el más diminuto o sencillo, multiplica su valor y no quieres dejar que se esfume. Y no solo eso, es que se queda clavadito en tu “momento justo antes de dormir”. Sencillamente… Lo ves. Cierras los ojos y ahí está el imán de la nevera con forma de tomate que aporrea tu frente antes de que decidas contar
ovejas, otra vez, para poder conciliar el sueño.

Hasta el papel pintado eterno de una habitación llena de florecitas naranjas, se pinta de suave e irrepetible en tu cabeza.

Todo se magnifica, se inventa un sentido, araña tu corazoncito y se da la vuelta.
Al principio no quieres aceptar que las paredes ahora se visten con restos de marcas oscuras, allí donde los cuadros contaban sus historias o donde descansaban puzzles enmarcados de aquellos veranos en la casa de la Sierra.

Tampoco quieres imaginar que el olor de los armarios cambie o que, algún día sin previo aviso, se te olvide su perfume tan característico. No quieres olvidar cómo sonaba el mueble de la entrada que abría raro, ni el peso exacto de los álbumes de fotos del salón cuando los alcanzabas por encima de tu cabeza. El cuenco de cristal lleno de caramelos, el
tarro amarillo lleno de sal, el delantal con bolsillo delantero. El cajón de los papeles de regalo, el cajón de la costura, el cajón de las bolsas de bocadillo.

Si os soy sincera, nunca he pasado el polvo con tanto cuidado como en esa casa donde, mientras colaboraba vaciando y empaquetando, decidí mostrar un profundo y excepcional respeto. Parece que estos mecanismos se activan de forma natural cuando lo que está a tu alrededor decide acercarte una bandeja de significado recién horneado para ti.


La verdad, no lo sé. En aquel lugar yo miraba todo con cariño, admiración, ternura…¿Qué tendrán las últimas veces que nos activan los sentidos – y el sentir – de esta manera?
Qué deciros, es la última vez que ves sus recuerdos inamovibles dentro de una vitrina, su ropa aún doblada, restos de especias caducadas sin abrir y discos de música en cada rincón. Así es como nos volvemos adictos a una panorámica emocional y no acertamos con la clave para salir de ella. Cuando menos te lo esperas, en mitad de tu estancamiento en
el pasado, de repente la casa está ya vacía. No sabes por dónde viene el viento, ni por dónde se ha esfumado el tiempo.

Se resume muy fácilmente en dos letras exhaladas: uf.

Ahí viene cuando reservas un momento que sientes que necesitas. Vas. Decides sentarte a solas y en silencio en mitad del suelo lleno de pelusas, restos de papel de burbujas y olor a cartón. Dejas caer las manos a ambos lados y apoyas la cabeza en la pared. Cierras los ojos… y haces como que te despides de esa casa que tantas veces has visto en los últimos
meses antes de dormir.

El último portazo es como una colleja de las de mano abierta, de esas que ves venir a kilómetros a cámara lenta y preparas el cogote para recibirla. Pum. Es como si salieras por la puerta olvidándote a propósito las llaves dentro. Sabes que no existe la posibilidad de volver a entrar… aún así cierras y te marchas. Hasta que no vives esto, será difícil
empatizar con este párrafo que se estira más que un chicle en el recreo de primaria.
Así que cerrarás la puerta y no te quedarán más narices que soltarla. Creo yo, que por mucho que quieras hacerte a la idea, las despedidas para siempre no son de digestión rápida.

Entonces intentarás salir de ese estancamiento sin saber muy bien cómo. De repente anhelas la sensación de desenredar auriculares sin prisa, quitar pelotitas a un jersey o ver cómo sube el café con el fuego al mínimo. Tal vez sea esa clase de lentitud la que te pedirá el cuerpo antes de soltar. Soltar es un verbo que a veces pica, pero da muchísima paz.

Soltar y sentir el proceso desde lo más profundo del estómago es posible que te de la oportunidad de rehacerte de otra manera.

Parece que últimamente no es de recibo mostrar nuestra cara B, esa que a lo mejor no está tan contenta o parlanchina como siempre. Sin embargo, si concedes el permiso para pasar una temporada ordenando tu pena, la alegría no se esfuma; va de la mano con el resto de sentimientos que, en primera fila, erizan nuestros poros.

Ese permiso revolucionario dará espacio al resto de maravillas que están por venir, visión para detectarlas y energía para recibirlas con los brazos abiertos. Porque previamente nos hemos ocupado de desenredar lo que ha pasado y hacemos hueco para volver a llenarnos sin peligro de desbordamientos. Al menos, así fue para mi.

Ahí me di cuenta de que estaba en mi equipo y estaba conmigo. Ahí sentí que los recuerdos dejaban de atascarse, que no pasaba nada por darme un poco de tregua y bajar revoluciones, porque me había tratado con un poco más de cariño.

Y es así, a veces solo necesitamos sentarnos en el suelo, escribir viendo borroso el papel, dejarnos mecer, arropar y sostener una temporada. Las personas que te quieren mucho estarán ahí contigo, con la mano en el freno si hace falta… pero sin ponerlo a la ligera.

Confían en ti y en tu manera de gestionar tu mundo interior. Actúan de acompañantes y
dejan que, simplemente, sueltes a tu ritmo. Prueba a dejarte achuchar por ellas y, como muchos dicen, prueba también a tratarte como si tú fueras tu mejor amiga.

Las despedidas de digestión lenta necesitan ambiente templado y concedernos el regalo más preciado: tiempo.

Ahora, a las puertas de las doce uvas, todo parece que cala más, que se siente más, que demanda calor para hacer frente al frío de fuera. A lo mejor esta intención final es consecuencia de una sobredosis de mantecados, también hay que decirlo, pero, ¿qué tal si te concedes tiempo?

Seguramente ya lo sepas: mereces un espacio, aunque solo sean dos minutos, para hacer revisión de tu año. Podemos concedernos una pausa y bajarnos del escenario que tanto nos demanda. Despedirnos de una casa, quedarnos con un imán de nevera que en verdad no necesitamos, celebrar los cambios, rememorar lo que aporta de verdad, agradecer lo
vivido y quién estaba a tu lado entonces.

Así es como cerramos puertas – sin colleja – y salimos a tomar viento fresco. Luego, ¿sabes qué? Se produce el mejor final de todos: abrazamos más fuerte a los nuestros, nos apetece brindar pensando primero porqué brindamos, situamos bien el foco y abrimos camino a lo que está por llegar. Nuevamente la realidad se magnifica y nos pilla dispuestos a disfrutar de un 2023 lleno de momentos reales, tal y como vengan.

Sintiendo todo fuerte, sin miedo, real, humano; como es, ¡como somos!

Laura Gordon González
                                                                                            Mujer con alma Merak¡