“Un viaje de película, con palomitas» por Laura Gordon González

Estas palomitas son en realidad restos de pequeñas algas coralinas
conocidas como “rodolitos”.

 

A medida que viajo algo me queda más claro: la naturaleza es un espectáculo maravilloso
y alucinante. Cada vez un número mayor de personas reservan un espacio en su “mochila
del alma” para llevarse algo más que publicaciones en las redes o imanes de nevera.
Lejos de la preciosa provincia de Málaga, me gustaría abrir mi mochila y hablaros de un
rincón especial situado en Fuerteventura, ¿qué podría compartir de mi paso por esta
isla?
Lo primero que considero esencial es deciros que, si buscáis el color verde, aquí no es.
Esta isla es como una espalda desnuda entre sábanas sin planchar, más tranquila que un
café al sol en tu balcón cuando la ciudad todavía duerme, árida como rizos enredados
después de un baño en la playa.
Esta tierra por sí sola ya comparte paz con aquellos que se dejan envolver por las cosas
tal y como se presentan, abiertos a respirar el aire magnético de la isla. Los volcanes son
dormilones desde hace años, sus desiertos se mezclan con el horizonte azul, el viento
abraza como viajeros que se reencuentran en el aeropuerto después de una temporada
larga sin verse.
El color anaranjado se parece a los últimos rayos del sol que se reflejan en la arena de la
playa antes de plantearte recoger la sombrilla y volver a casa (o taparte los hombros con
la toalla y abrirte otra cervecita para ver la puesta de sol hasta el final).
La arena cruza lentamente las carreteras sin mirar. Las rocas se encuentran salpicadas de
manera aleatoria y me recuerdan a los juguetes de mi sobrina esparcidos por el salón.
De vez en cuando llegas a rincones salvajes que parecen bollitos recién hechos en el
horno, sientes la tentación de tomar uno y quitarle la armonía a la bandeja. El ritmo lento
de la isla hace que te resistas y esperes antes de avanzar… es como si algunos lugares
nunca se hubieran pisado (o como si aquellos privilegiados que han podido acceder a
ellos, hubieran entendido que pasar por ahí implica dejarlo todo como si nadie jamás
hubiera descubierto su escondite favorito).
El silencio a veces ensordece. Un atardecer ahí es capaz de convencerte de dejar a un lado
el móvil y fotografiar con la mejor cámara que tenemos: la retina. Cómo nos aterrizan
momentos así, ¿verdad? Parece que echamos raíz justo en los instantes en los que nos
quedamos quietos un momento en mitad el universo, con la única intención de observar
lo que nos rodea.
Si has llegado hasta aquí, podrás hacerte una idea del ambiente mágico que se puede
percibir en esta isla. Lo que vengo a compartir de la maraña de recuerdos que tengo,
querido lector, es un rincón especial que a mí personalmente se me grabó y creo que es
de esas primeras veces que dejan marca.
Después de una pista de tierra que hace toser y lloriquear a las ruedas de los coches,
encuentras una playa pequeña llena de «palomitas» que se entremezclan en la orilla
con piedras volcánicas.
Se nombran varias playas allí que forman parte del paisaje espectacular situado en el
municipio de La Oliva, en la costa norte de Fuerteventura. Las más populares son El
Hierro, Caleta del Barco y Bajo de la burra.
El primer impulso que sentí fue ponerme de rodillas y enterrar las manos. Como cuando
mi abuela ponía lentejas a remojo en un cacharro en la cocina, y a escondidas me atrevía
a meter la mano hasta tocar el fondo. Recuerdo que me dejaba llevar por la manía y las
apretaba hasta que notaba que alguna de las lentejas se rompía y pensaba que se desvelaría
mi crimen – y la que moriría, sería yo –. Siéndoos sincera, mi abuela me regañaba porque
venía de jugar en el jardín y yo no recuerdo lavarme las manos tanto como hacemos ahora.
Volviendo a la playa, he de decir que el tacto de la nombrada palomita lo recuerdo
sumamente suave, el ambiente olía muchísimo a mar y las olas rugían fuerte contra las
rocas.
La luz reflejada en el suelo blanco lleno de palomitas, qué voy a decir, ¡es maravillosa!
Parece la iluminación de ese anuncio de ángeles que comen queso de untar entre nubes y
música de arpa.
Estas palomitas son en realidad restos de pequeñas algas coralinas
conocidas como “rodolitos”.
Cuando los rodolitos están vivos son de colores y crecen muy muy lento
(pocos milímetros al año).
Inicialmente se forman bajo el agua para que después el mar los traslade a
la orilla.
Una vez fuera del agua, se secan y mueren y terminan quedándose así.
Esto nos da pistas: el paisaje que tenemos ante nuestros ojos en esa playa ha tardado
siglos en formarse.
De hecho, verás algunas palomitas bastante grandes que habrán tardado hasta milenios en
alcanzar ese tamaño. Agacharte y llenarte las manos, prometo que es una sensación
alucinante y adictiva. A mí particularmente también me apeteció sentarme y enterrar los
pies con mucho cuidado.
Algo dentro de ti hace clic cuando permites que tus sentidos se magnifiquen, y, de verdad
creo que alimentar los sentidos en este tipo de lugares es absolutamente sanador. Mira a
tu alrededor, escucha las olas, descálzate, saborea el salitre que levita en el ambiente.
Coge con cuidado un puñado de palomitas y acércatelo a la nariz. Vaya revolución le
damos al cuerpo cuando paramos un momento y hacemos este tipo de cosas sin juicios.
La antigüedad del tesoro que allí se esconde da que pensar, tenemos en nuestras manos
auténticas joyas naturales. De hecho, hablando de tesoros, la tradición oral de la isla
cuenta que en las profundidades de estas playas aún perduran leyendas de piratas,
barcos hundidos y tesoros escondidos.
Un ejemplo es la actual Cueva del Dinero situada en los Llanos del Dinero (también en
el municipio de La Oliva).
Se dice que, a bordo de un barco pirata, dedicado al asalto de navíos procedentes de las
Américas, viajaba un preso majorero que trató de convencer al resto de la tripulación para
asaltar esta cueva. Alegó que existía un tesoro escondido en ella y que serían capaces de
encontrarlo (aunque su verdadero cometido era escaparse de su prisión). El audaz hombre
logró convencer a los piratas, sí, pero cuando el barco encalló y él trató de huir a nado…
lo mataron con un machete.

LA PLAYA DE LAS PALOMITAS EN FUERTEVENTURA, EL ESPECTÁCULO DE LOS RODOLITOS

Vamos, que no tengo ni idea de si hay tesoro o no.
Lo que sí sé es que abandoné la playa de las palomitas viendo como un rincón con tanta
belleza y poder, termina siendo frágil y chiquitito. Vi demasiadas manos enterradas y no
todas desde el respeto.
En mi cabeza me preguntaba en bucle si eso significaba que no deberíamos poder ir a
estas playas. Aproximadamente el paso de los viajeros por allí hace que se pierdan más
de 10 kg al mes. Ves a personas llevándose palomitas de recuerdo, aunque solo sea una.
¿De dónde nos nace esa sensación?
Lo que deberíamos plantearnos es visitar de manera responsable allá donde nos lleve el
viento. Empapa tus sentidos, túmbate, haz fotos, vuelve las veces que quieras. Siendo
conscientes del impacto ambiental que suponen nuestras huellas a medida que viajamos,
algo se enciende y se prende por dentro cuando decides viajar desde el respeto a lo
que nos rodea. Observar desde el banquillo lo que sucede, sin dejar rastro. Escuchar más,
sentir más, llenar nuestra mochila del alma y llevarla siempre puesta.
Es extraordinario cuando viajas con la intención de dejarte sorprender, mirando a tu
alrededor con los ojos del que no solo busca ver. A mi parecer, uno de los regalos que nos
brinda el contacto con la naturaleza es recordarnos que nuestro paso es efímero, allá donde
decidamos ir. Sentirnos pequeños de vez en cuando en espacios naturales tan especiales
y conectar un poco más, permite cargar pilas y soltar lastres. Después de hacerlo, de
repente, te sientes más fuerte y capaz de muchas cosas cuando vuelves a casa.
Laura Gordon González
Mujer con alma Meraki.