“COMO SI ESTUVIERA EN CASA” por Laura Gordon González

Nada más verla decidí que sería ella. En el fondo de mis entrañas yo lo sabía, y es que hoy estaba especialmente espectacular, impecable y solitaria entre tanta multitud. Parecía que me estaba mirando con esos ojos que no eran ojos, sino puro chocolate negro. No dudé, la verdad es que después de tanto tiempo asumí que ya era mi turno y que no pensaba dejar pasar esta oportunidad. Sonreí, di los buenos días, y directamente sin consultar ni preguntar dije: “esa palmera de chocolate, por favor”.

Mi amiga me miró con media sonrisa gatuna asomando y, colocando sus brazos en jarras, me dijo con toda su salsa brava corporal: “oh sí, baby!”. Siempre me ha encantado esa naturalidad descarada suya, que imitaba después de ver películas pavas americanas. Cuando estaba junto a ella, sentía que esa mujerona celebraba la vida entera y siempre ofrecía guiños de complicidad en el mejor momento.

Llevábamos un mes sin vernos, aunque parecía que los días no habían avanzado en el calendario. Habíamos quedado para tomar un café, darnos un achuchón de esos que duran más de dos segundos y, en definitiva, ponernos al día sin mirar el reloj ni el móvil.

Escuché atentamente sus rifirrafes en el trabajo, que su jefe era un triste con patas que solo bebía agua con posos sospechosos de limón, que el gato tenía miedo de la aspiradora nueva y que en diciembre se iría a Almería con su novio a pasar el mes entero, ¡incluidas las navidades!

En general, reímos, nos apoyamos y restamos importancia a temas varios (si considerábamos que hacía falta). “La vida es otra cosa”, decíamos siempre que los problemas empezaban a sentarse con nosotras a la mesa. Esa frase nos servía para relativizar y mirar desde el banquillo el espectáculo barato de la rutina.

Me levanté a por otro café – me encantan los momentos de segundo café porque eso implica que no tengo prisa y estoy disfrutando del ratito – y a la vuelta me senté de nuevo frente a ella decidida a contar qué me había sucedido unas semanas atrás. Mi amiga sería la primera persona en saberlo y seguro que materializar esa experiencia en voz alta, cerraría también el círculo para mí. Hace poco descubrí, que empezar a verbalizar cuando algo hace eco en la mente, resulta absolutamente sanador y aporta mucha paz.

Pues verás, amiga mía, esto sucedió en el mes de agosto. Mi novio estaba fuera de viaje y yo me quedé sola en casa, aproveché para dedicarme un día entero para mí. Ya sabes que eso implica pintarme las uñas con la música alta, beberme un vino rico y servirme unas patatillas al lado, ponerme una mascarilla de esas que huelen requetebién, ver una película de mi lista de películas pendientes…lo mismo de siempre, mi plan estándar de “¡maripuri! ¡yo mí me conmigo!”.

Empecé a convencerme de que estaba todo bien, pero de repente noté que no me sentía yo muy allá. Se me aceleró el pulso y se me enrojecieron las mejillas, vamos, que se avecinaba un lloriqueo con hipo. No sabía qué me pasaba últimamente, pero lloraba con bastante facilidad. Empecé a pensar que tenía que hacer algo distinto, que por mucho que me quedara en casa o aprovechase el tiempo saliendo a la calle, algo dentro de mí me gritaba que saliera de mi ciudad.

Así que empecé a mirar alojamientos a dos horas de casa, sin decidirme por ninguno. No me importaba gastarme más de lo previsto, no me importaba que no hubiera oferta turística o cultural, tampoco si la habitación iba a tener vistas o no. Era cuestión de salir. Hice una bolsa rápida y me monté en el coche. No se lo dije a nadie.

Ya ves tú, luego pensándolo mejor, tal vez hubiera estado bien avisar a alguien de que saldría un par de días, más que nada porque así es como empiezan las películas en las que sale Nicolas Cage…

Total, que empecé a sentirme mejor, disfrutaba mucho conduciendo e iba canturreando en el coche mientras el sol se ponía en el horizonte. Paré a hacer una foto, porque el color naranja de los últimos rayos me robaba la atención de la carretera. Apenas faltaba media hora para llegar al alojamiento, estaba entre nerviosa, emocionada, y con el estómago del revés. Me hacía mucha ilusión escaparme sola, porque nunca había viajado así. Siempre viajaba con mi familia, mis amigos, mi pareja… y ahí todos nos amoldábamos a los demás. Los planes, si tienes suerte de dar con gente agradable con la que llevarlos a cabo, siempre nacen del consenso y de tenerse en cuenta los unos a los otros.

En este viaje solo decidiría yo.

¡Buah! Yo podría elegir dónde comer, a qué hora levantarme, qué hacer en todo el día. Podría hasta disfrazarme de otra que no fuera yo (aquí reconozco que se me fue un poco la pinza), podría mezclar colores explosivos y aprovecharía a estrenar ese pintalabios que llevaba meses esperando “la ocasión” para abrirlo. Mi cabeza iba a toda mecha anticipando planes, sensaciones…la verdad es que sonreía como una tonta en el coche. Subí el volumen y llegué cantando al pueblo. Iba a hacer lo que me diera la real gana.

 

Pues chica, para empezar, me perdí a la entrada del pueblo y era incapaz de llegar al alojamiento. Me metí por una calle que yo creo que hasta era peatonal, tuve que dar la vuelta en un hueco minúsculo mientras todo el mundo me miraba con cara de “esta muchacha qué hace”. Además, el pueblo estaba en feria y yo no tenía ni idea…hasta arriba de gente, música de trompetilla taladrando las orejas, bullicio y puestecitos con el paisano gritando sus ofertas, camionetas en el medio de la calle. ¡Uf! Tenía hambre y olía a churros, mi chicle se me había quedado tan apretujado de masticarlo todo el viaje, que si se lo lanzaba a alguien a la cabeza yo creo que le borraría de un solo golpe sus recuerdos más felices o la tabla de multiplicar del nueve. Y, para terminar… había visto por el rabillo del ojo una araña gorda en mi asiento del copiloto. La vena hinchada de mi frente solo tenía un nombre: cortisol.

Conseguí localizar el parking del alojamiento y subí apresuradamente a mi habitación. El hotel era un spa pequeñito, apenas había 8 habitaciones. Encima de mi cama me esperaba un albornoz mullido, unas zapatillas a juego y una bandeja con fruta. Jaboncitos en el baño, ¡toma ya!

En la cama podía girarme tres veces seguidas sin estamparme contra el suelo. La ventana daba al jardín interior del hotel, con un par de tumbonas y farolillos. Sonreí de oreja a oreja mientras me metía en el baño para darme una ducha y olvidarme así de la mala vibra que había sentido perdida en coche por el pueblo. El agua caliente relajó mis músculos, qué gustito… el jabón no hacía espuma, pero era gratis y olía rico, así que los minutos pasaron sin importarme cuántos. Ella “rata” adorando las cosas gratis, pero “diva” hasta la médula.

Sonaba Van Morrison mientras me maquillaba despacito y me secaba el pelo con el albornoz puesto. Iba a salir a cenar yo sola por primera vez y el entusiasmo no se me quitaba de encima. Atendidos todos los detalles, me miré al espejo por última vez, porque total, no había quedado con nadie a ninguna hora, por lo que, sin prisa y decidida a disfrutar, salí de mi habitación sintiéndome verdaderamente radiante y contenta. Amiga mía, ahí empecé a darme ya cuenta de que mi estado de ánimo estaba siendo muy volátil, pero seguía barriendo ese hecho debajo de la alfombra.

Después de un paseíto, llegué al centro del pueblo. Las terrazas estaban a rebosar de gente que reía y pedía otra ronda, había puestos de artesanía, guirnaldas…un ambientazo que no veas. Sin el coche todo me parecía idílico. Ahí me acordé de ti y pensé en que nos lo habríamos pasado genial las dos tomando vinitos por ahí.

No me preguntes porqué, me paseé un buen rato por los sitios, pensando dónde sentarme. Me apetecía todo, y a la vez no me apetecía ninguno en concreto. Entonces se me aceleró el pulso por la idea de sentarme sola en algún sitio, ¿y si me hablaba alguien? ¿y si el sitio en el que me sentaba no era el que me hubiera gustado más? ¿me miraría raro el camarero? ¿cuchichearían sobre mi los de la mesa de al lado? Así como lo oyes. Empecé a atascarme mentalmente. Seguí dando vueltas por la plaza, indecisa y asombrada por el cerebro tamaño de nuez que se me había quedado, me sentía ahogada entre todas esas preguntas que nunca me habían agobiado. Me recordé que yo nunca había ido sola a tomar nada, ni a cenar, ni al cine, ni de viaje…no pasaba nada, venga, está bien, poco a poco. Intenté calmarme y me senté en un banco apartado.

Mi ánimo empezó a decaer y desde ahí yo me sentía pequeñita. Terminé comprando de manera casi automática una ensalada triste de esas que vienen en un bol de plástico y que lo de dentro parece de plástico también, me compré una lata de cerveza, y con la bolsa de viandas cutres bailando a la altura de mis tobillos, volví a mi habitación segura de aquel hotel que estaba presenciando la montaña rusa emocional en la que había decidido montarme. Que sí, ¡que me fui por donde había venido!

Mi mente volvió a la cafetería e hice una pausa en la historia. Me encogí de hombros y subí las cejas. Mi amiga seguía callada mirándome con ojos preocupados, mientras mordisqueaba un cruasán despacito y escuchaba atentamente mi paranoia. Me gustaba de ella que casi nunca interrumpía cuando este tipo de monólogos se abrían paso en nuestras quedadas. Su empatía y su paciencia me abrazaban cuando yo conseguía sincerarme y compartir mis inquietudes de esa manera. Después de unos segundos de admirar esa cualidad tan suya, y de agradecer el tener amistades a las que admirar, sonreí de lado y seguí hablando. Ahora venía el giro de los acontecimientos y estaba deseando ver su reacción.

Bueno, siguiendo con aquella noche, qué decirte… la verdad es que la ensalada ya puedes hacerte una idea de lo malísima que estaba. Me la tomé mientras veía un vídeo de Youtube, acto seguido me puse el pijama y me metí en la cama. Me eché cuatro lloros por no haberme sentado en una terraza y me quedé frita. Eso sí, dormí como nunca, la verdad.

A la mañana siguiente me desperté dándole vueltas al mismo tema y, además, me di cuenta de que el desayuno también sería una cita a solas. ¡Qué maravilla!

No me estaba cayendo bien a mí misma. De verdad, no llegaba a entender en qué momento se me había ocurrido salir de mi zona de confort y venirme sola a un pueblo perdido. Más allá de la rabieta y de mis lamentaciones, bajé casi en pijama y con cara de acelga al jardín del hotel. Me senté en la mesa más alejada e hice como que leía algo en el teléfono. Siendo sincera, solo estaba mirando el fondo de pantalla porque no me apetecía leer nada sin café en el cuerpo, y me daba vergüenza mirar al frente. ¿Alguien puede explicarme como se llama ese viento del norte que me atizó en la cabeza y me dejó así? ¿de dónde salía ese comportamiento y esa vergüenza? Ahora me río de la ridiculez, pero de verdad te juro que alguna vitamina o algo importante creo que me faltaba entonces.

Pues mira, me cansé de mirar mi fondo de pantalla y decidí apagar el teléfono. Estaba harta de sentirme así. Ya está, de todo se aprende, pronto volvería a casa y esto no se lo diría a nadie.

Sonreí con mucho esfuerzo a la camarera cuando me trajo una bandeja de desayuno que reinició completamente mi pensamiento. Tenía todo una pin-ta-za que solo de recordarlo me da hambre, ¡eso también te hubiera encantado! Ahí me acordé de ti. Mira, te cuento, había una tabla de quesos y embutido del bueno, una cesta preciosa con dos panecillos y cruasanes que estaban todavía calientes, un cuenco con fruta recién cortada, zumo de naranja natural, el café con espumita…de verdad, parecía de película. Mis papilas gustativas se pusieron a bailar, como si María Antonieta y Luis XVI acabasen de protagonizar una fiesta en el Palacio de Versalles. Entre las frutas había una que parecía un auténtico alienígena de color rosa y verde chillón, pregunté a la camarera y me dijo que se llamaba “fruta del dragón” o algo así, tienes que buscarla en Google porque es muy chula. O luego recuérdame que busquemos una foto.

Vamos, que me olvidé de todas mis chorradas mentales y disfruté de ese desayuno como nunca, mientras veía el espectáculo de las hojas de una hiedra moverse despacio por la brisa, y una hormiga llevarse migajas que danzaban por mi mesa. Auténtico documental de la hora de la siesta pero que, de verdad, consiguió que me calmara y me sintiera realmente bien.

Empecé a pensar que si me sentía bien tal vez era porque había centrado mi atención en disfrutar del momento, aunque fuera sumamente sencillo, y porque paré de elucubrar sobre la gente que me rodeaba. Nadie había hablado de mí, nadie me miraba, cada uno estaba a lo suyo y yo me sentía tranquila, disfrutando de mi desayuno, eligiendo estar ahí en esa mesa de la esquina. Ojalá no terminasen los momentos cuando te sientes así de gustosa.

Sin ninguna vergüenza, le pedí a la camarera una hoja en blanco y un boli. Dediqué un buen rato a escribir cómo me había sentido de ahogada hasta ese momento y, cuando terminé de drenarme emocionalmente, hice una bola con la hoja y la tiré a la papelera. Iba a hacer todo lo posible por sacarle el lado bueno a esa experiencia, quería cambiar aquello que acababa de descubrir de mí y que no tenía ni idea de que estaba ahí escondido. Tal vez tenía miedo a la soledad, no sabía si era eso o más cosas añadidas, pero me levanté y volví a la habitación. Me quité toda la ropa y me enterré en el albornoz. Me encantaba sentirme así de libre, sin peso en el alma, con el tacto del albornoz y su olor a suave. Seguí escribiendo. Después de un rato, me puse el bañador y me fui a la piscina. Me dediqué a flotar boca arriba, dejándome mecer, hasta que me arrugué como un garbancito feliz y colorao’.

El resto del viaje la verdad que fue alucinante para mí, visité un museo tradicional pequeñito que había en el pueblo, conduje hasta unos campos de cultivo llenos de flores y eché la tarde hasta que se puso el sol.

Al final me gustó tanto la sensación, que incluso me paseaba en albornoz por el hotel. Ya me importaba un comino todo. Seguí escribiendo sobre detalles que me rodeaban y me hacían sentir bien, aunque solo fueran listas de cosas sin desarrollo, e incluso hice un dibujito a pesar de mis dotes nulas para el dibujo. Ya sabes que no paso de las nubes, los soles y las ovejas con patas de palo. El silencio me permitía organizar mi cabeza y hacerme preguntas. Aburrirme me ayudó a recordar qué cosas me gustaba hacer en mi tiempo libre, ¿qué me acercaba a mi niña interior?

La estancia llegó a su fin. No conseguí salir a comer o cenar sola fuera del hotel, porque seguía dándome algo de respeto y me gustaba eso de sentirme bien, pero sí conseguí decidir qué me apetecía exactamente en cada momento y llevarlo a cabo. Para mí el inicio de ese descubrimiento fue más que suficiente.

Había empezado un viaje que duraría más que ese fin de semana.

¿Sabes? A la vuelta decidí no quedar con nadie y seguí unos días más probando a ir sola a sitios conocidos para mí. No quería olvidarme de lo revelador que estaba siendo todo ese proceso, así que aproveché la inercia, cada día hacía algo sola que antes solía hacer siempre acompañada. El ir a sitios conocidos me ayudaba, porque no tenía que pensar en factores adicionales, solo en que iría a solas a disfrutar de ello.

Me fui a una exposición, me tomé una caña en nuestro bar favorito de cuando estábamos en la universidad, fui al cine. Me apunté a un taller de hacer coronas de flores un sábado por la mañana. Salí a pasear sin reloj.

Cada vez me sentía mejor y más capaz de elegir basándome en mis propias opiniones, sensaciones, gustos. ¡Cuánto me costaba elegir antes!

Poco a poco, sin agobios, como la hormiguita que desayunó conmigo en ese hotel, fui avanzando en el camino de autoconocimiento y respeto por mí misma y mis ritmos. Desbloqueé la casilla de “la autocompasión” y el equilibro que necesita dicha palabra (es que si te pasas de autocompasión no te mueves del sofá, y si decides ignorarla…pues te das mucha caña a ti misma y no te sientes muy allá). Difícil equilibrio, sí, ¡pero en ello estoy!

Me gustó que quisiera ofrecerme cobijo cuando fui más vulnerable. Decidí parar cuando estaba siendo dura conmigo misma, pero a la vez me insté a salir de donde me había atascado.

Desde entonces, estoy en proceso de establecer un cimiento sólido sobre el que empezar a levantar una casita dentro de mí, llena de luz y calma, donde pueda volver cuando me pierda por el camino. Ahora evidentemente he dejado de ser una ermitaña rara y quedo con mi gente, pero al menos una vez al mes me bloqueo un día, como si fuera una reunión importante, y lo paso yendo sola a algún sitio.

Me he dado cuenta de que todo este tiempo he vivido dejándome llevar por otros, si no era mi familia, era mi pareja. Si no eran mis amigos, era no hacer nada porque me daba vergüenza. Ahora sé que entro en esta cafetería, por ejemplo, y quiero una palmera de chocolate sin preguntarte primero qué vas a tomar tú, ¿entiendes? Parece una tontería, pero de verdad que para mí ha sido un antes y un después. Porque luego esa acción se traslada a decisiones más importantes en mi vida, que antes evitaba atender. Es que, si no me hubiera ido esos días en agosto, no hubiera descubierto esto. Tuve mucha suerte de que se me fuera la olla.

Y fíjate, observando también a los que me rodean, he visto que muy pocos de mis amigos hacen planes en solitario. Es más, me atrevería a decir, que ninguno de mis amigos se ha ido solo de viaje, y que les daría vergüenza o ansiedad tener que hacer lo que les diera la gana porque siempre hacen lo que se espera de ellos. Siempre vamos a expensas del otro, siguiendo la corriente de lo que deberíamos o no hacer, esperando a los demás para subirnos al carro.

A pesar de parecer un bichillo raro, he decidido empezar a contarle esto a mi gente, empezando por las mujeres de mi vida que admiro y quiero, y que también creo que nunca han bajado la guardia o viven con miedo. Me encantaría poder animarlas a que prueben cómo es eso de viajar solas. Aunque sea cerquita de casa a un sitio conocido. Aunque solo sea un fin de semana a no salir casi de un hotel. Amiga mía, te animaría de verdad a que sintieras en primera persona una experiencia así, para darte permiso y averiguar cómo es tener una cita contigo misma fuera de tu casa.

¿Qué se oye en el eco de tu cerebro cuando éste se vuelve nuez? ¿Hace cuánto no tienes una cita contigo?

Aquí estoy, contándote todo aquello que me agobió de repente sin saber de dónde venía esa sensación, cómo escucharlo y ocuparme me hizo replantearme un nuevo comienzo… gracias, gracias de verdad por escucharme. Me siento mejor que nunca y eso que todavía me queda mucho camino, pero ahí estoy: domando mis botas, aunque a veces me rocen.

Sonreí y me emocioné un poco, mezcla de mi entusiasmo por haberlo contado y los nervios que había drenado en ese monólogo, porque la verdad es que le había abierto mucho mi corazoncito y cuando eso se hace te sientes vulnerable. Pero mi amiga me agarró la mano desde el otro lado de la mesa y me sonrió también.

Después de ese gesto ¿qué más puedo decir?: me sentí como si estuviera en casa.

 

Laura Gordon González

Mujer con alma Meraki