Su condición sexual fue su condena | Antonio Fernandez Alvarez

Su madre salía en una camilla, vio la ambulancia que había aparcada en la puerta de casa, no llegó a verla venía de la biblioteca había ido a hacer un trabajo para el colegio no disponía de internet y era el único sitio donde podía hacerlo, dejo de ir a casa de su amigo Carlos porque éste a cambio le exigía que le hiciera su trabajo y le sometía a tocamientos que si bien eran de su agrado no le gustaba verse sometido.

Aunque corrió la ambulancia partió rápidamente con la sirena y las luces indicando la prioridad por la urgencia. Corrió hasta que le faltó el aire y un dolor en los costados le hizo detenerse. Estuvo a punto de desmayarse pero debía continuar se dijo para sí, al hospital donde se dirigía la ambulancia solo estaba a unos dos kilómetros. Llegó exhausto se dirigió a información y preguntó por su madre, sintió la mano sobre sus hombros de un hombre con una bata blanca en la cual prendía una placa que ponía Doctor Ramírez, cardiólogo. Se dejó llevar porque supo por la actitud del médico que las noticias que iba a darle no eran buenas. -Lo siento joven, no hemos podido hacer nada para salvarla, el paro cardíaco que ha sufrido si bien lo superó en un primer momento otro paro ha sido fulminante.-

Cayó fulminado la falta de aire tras su carrera y el impacto de la noticia del fallecimiento de su madre hizo que perdiese el conocimiento, el doctor Ramírez le sostuvo antes de que se fuese al suelo e inmediatamente se dispuso a atenderle. La tensión se le había bajado a unos niveles que fueron los causantes de ese desmayo por lo demás nada preocupante.

Cuando había pasado el episodio de crisis, el doctor le dijo que tenía que avisar a su padre para proceder al sepelio, dijo que su padre se había ido de casa hace unos dos años y nunca más habían vuelto a saber de él, el resto de familiares estaban en Francia desde donde sus padres habían venido siendo él un crío, solo tenía un hermano que era sacerdote pero estaba en otra localidad. Dio el número de teléfono al facultativo quien llamó a su hermano.

El funeral se hizo al día siguiente, solo ellos dos y unas vecinas amigas de su madre asistieron al mismo. Cuando tuvo en sus manos la urna con las cenizas de su madre lloró desconsoladamente, hasta entonces no había podido hacerlo era como si no se creyera lo sucedido.

Su vida estaba en manos de su hermano ya que él era menor de edad, pero de haberlo sabido hubiese sido preferible que su tutela corriese a cargo del estado. Lo que vivió con su hermano fue un infierno, lo dejaría marcado el resto de su vida y solo encontró la paz en aquella cárcel donde ingresó cuando se confesó autor de la muerte del mismo.

Más que una confesión fue vomitar todo lo que había sufrido tras la muerte de su madre, al principio la relación con su hermano fue bien, éste había conseguido que el obispado le destinase a su ciudad para hacerse cargo de él, al menos hasta su mayoría de edad. Así que a pesar de que apenas se conocían dada la diferencia de edad entre ambos quince años, y justo cuando él nació su hermano se marchó al seminario y aunque se veían por las vacaciones de Navidad y verano, este apenas se acercaba a él, se limitaba a reñirle si su comportamiento como de crío que es lo que era no había sido del todo correcto.

La primera vez que sufrió a su hermano tras la muerte de su madre fue el mismo día que cumplió los dieciséis años estaba en casa con un amigo que para él era especial habían quedado para salir a celebrarlo con el resto de la pandilla, estaban en casa solos o eso creyeron así que dieron rienda suelta a sus pasiones, se besaban cuando se abrió la puerta de su cuarto, enfurecido su hermano echó de casa a su amigo, y a él le golpeó hasta dejarlo sin sentido, lo ató a la cama y estuvo así dos días atado mientras le golpeaba y le profecía todo tipos de insultos, era como un ritual de exorcismo para expulsar de él esa tendencia sexual que no había buscado pero que desde niño sabía que le iba a marcar en esta sociedad poco tolerante.

No sería la primera ni la última vez, en una ocasión temió por su vida estuvo casi dos horas inconsciente por los golpes que le propinó, a veces se pasaba una semana sin poder salir de casa a pesar de que le golpeaba con una toalla mojada por todo su cuerpo para evitar que pudieran descubrirle algún hematoma.

Todos los meses que vivió junto a su hermano podía contar dos o tres palizas con esa humillación atado de pies y manos a la cama, mientras los golpes dañaban su cuerpo, los insultos que recibía envenenaban su mente llevándolo a un estado de locura que hacía inevitable lo que más tarde hizo.

Puso fin a ese infierno un mes antes de cumplir los dieciocho años, hasta entonces no había tenido valor y seguir viviendo ese calvario no era una opción porque aunque había pensado irse la verdad es que no tenía donde ir, y pagar más adelante y más duramente la condena por su actos le parecía una injusticia.

Antonio Fernández Alvarez

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