Existen dos tipos de personas, sí solo dos.
Los que ponen la zancadilla, para hacerte tropezar. Los que se creen fuertes cuando golpean rodeados de su banda pero extremadamente frágiles en la soledad. Los que para crecer o llegar alto se suben a la espalda y pisotean hasta las entrañas. Los que son felices si ven desdicha ajena, que irónico, feliz viendo infelicidad. Los que para brillar ocultan en las noches de invierno verdaderas estrellas bajo un manto de nubes negras. Los que cuentas historias como estilo de vida, porque al parecer la suya está vacía de contenido. Los que se toman la justicia por su mano porque la elocuencia o la cordura la vendieron en un mercadillo de segunda mano. Los que portan trajes de alta costura confeccionados con el sudor de jornadas eternas de bajo coste.
Y luego están los otros, los que sin tener nada lo dan todo. Los que te dan la mano en un país extranjero sin miedo y te hablan con el lenguaje universal para que comprendas que nadie nació sabiendo y que es cuestión de tiempo el que aprendas. Los otros que aún sufriendo sacan su mejor sonrisa y te dicen:
«todo saldrá bien, no te preocupes«. Esos otros que son tan sumamente delicados porque han vivido el dolor y no quieren que los demás lo sufran. Los que trabajan cada día para cobrarse las mejores sonrisas que doblan y si hace falta también hacen guardia para que sean tan fuertes que hagan olvidar las picaduras de las agujas.
Y recordar una cosa: el mundo funciona y avanza gracias a los otros, sí a los otros lo demás es pura fachada puro artífice.  Y no olvides que la materia que funciona,  es el toque humano de los otros.