Durante los siglos XIII al XV, Almayate formaba parte del alfoz o territorio dependiente de Vélez-Málaga, dentro del Reino Nazarí de Granada. Las fuentes del Ayuntamiento de Vélez-Málaga la identifican como la principal alquería del sector occidental del territorio veleño, vinculada especialmente a la agricultura de regadío
Mucho antes de que Almayate adquiriera la fisonomía que hoy conocemos, este territorio ya ocupaba un lugar destacado en el paisaje de la Axarquía. Durante la época nazarí, entre los siglos XIII y XV, Almayate fue una de las principales alquerías vinculadas a Vélez-Málaga y un espacio profundamente marcado por la agricultura y, sobre todo, por el aprovechamiento del agua.
Su propio nombre ha sido relacionado tradicionalmente con el término Almayah, interpretado como «las aguas». Una denominación que, más allá de su posible origen etimológico, resulta especialmente evocadora cuando se observa la historia de este territorio: aquí el agua no era un elemento más del paisaje, sino uno de los recursos que hicieron posible su riqueza agrícola.
Una alquería dentro del territorio de Vélez
En época nazarí, el territorio de Vélez-Málaga estaba articulado alrededor de la ciudad y de un conjunto de alquerías rurales. Eran asentamientos dedicados fundamentalmente a la explotación agrícola y que desempeñaban un papel esencial en la economía del reino.
Almayate destacaba entre ellas. La documentación arqueológica municipal la identifica como la principal alquería de esta zona occidental del territorio veleño, con una cronología situada entre los siglos XIII y XV.
No debemos imaginarla como un pueblo idéntico al actual. Una alquería medieval era un asentamiento rural integrado en un territorio agrícola más amplio, formado por viviendas, espacios de cultivo y las infraestructuras necesarias para aprovechar los recursos naturales.
Y en Almayate, uno de esos recursos resultaba determinante: el agua.
El paisaje del agua
La agricultura de Almayate durante el periodo nazarí estaba estrechamente relacionada con el regadío. Las investigaciones arqueológicas realizadas en la zona han documentado la existencia de infraestructuras hidráulicas como pozos, norias y albercas, destinadas a captar, almacenar y distribuir el agua.
Gracias a estos sistemas, las tierras de regadío podían dedicarse a cultivos agrícolas que requerían un suministro constante de agua. Junto a ellas existían también amplias superficies de secano, donde se cultivaban olivos, almendros e higueras.
El paisaje era, por tanto, diverso. Huertas y tierras de regadío convivían con cultivos de secano, viñedos y zonas forestales. En las áreas más abruptas existían pinares que constituían además una reserva forestal vinculada al territorio nazarí.
La agricultura no dependía únicamente de la fertilidad de la tierra. Dependía de saber administrar el agua.
Y esa capacidad de transformar el agua en producción agrícola explica buena parte de la importancia que alcanzó Almayate.
Una tierra entre la vega y el Mediterráneo
La posición geográfica también jugó a su favor.
Almayate se encuentra en un territorio próximo a la desembocadura del río Vélez y al litoral mediterráneo, en un espacio que desde la Antigüedad había tenido un enorme interés estratégico y económico.
Mucho antes de la llegada de los musulmanes, esta zona ya había conocido la presencia de distintas culturas. Los asentamientos fenicios de Toscanos y su entorno son testimonio de la importancia que tuvo históricamente la desembocadura del río y su conexión con el Mediterráneo.
Durante la época nazarí, el protagonismo de Almayate fue fundamentalmente agrícola, pero su posición dentro del territorio veleño le otorgaba también una relación directa con las vías de comunicación y con el litoral.
Era una tierra productiva y, al mismo tiempo, estratégicamente situada.
La conquista y el final de una alquería
La historia de aquella Almayate nazarí cambió en 1487, cuando Vélez-Málaga fue conquistada por los Reyes Católicos.
La incorporación del territorio a la Corona de Castilla no supuso inmediatamente la desaparición de la población musulmana. Durante un tiempo, parte de los habitantes permanecieron en las antiguas alquerías como población mudéjar. Mantener a los agricultores en el territorio tenía también una explicación económica: eran ellos quienes conocían y mantenían un sistema agrícola especializado que resultaba valioso para los nuevos gobernantes.
Pero aquel mundo acabaría desapareciendo.
La documentación arqueológica sitúa en 1511 el abandono de la antigua alquería de Almayate. El lugar continuó teniendo una importante función agrícola, pero perdió su condición de núcleo habitado.
La tierra permaneció. El sistema productivo sobrevivió en parte. Pero la comunidad que había dado vida a la alquería durante siglos dejó de existir como tal.
El legado que permanece bajo el paisaje
Hoy resulta difícil imaginar aquel territorio medieval cuando se recorren las carreteras, urbanizaciones y campos de cultivo del Almayate actual. Sin embargo, bajo el paisaje contemporáneo permanece la huella de una forma de ocupar y entender el territorio que tuvo en el agua uno de sus principales fundamentos.
Pozos, sistemas de regadío, antiguas zonas de cultivo y restos arqueológicos permiten reconstruir poco a poco aquella realidad.
La historia de Almayate no es únicamente la historia de un núcleo de población. Es la historia de cómo una comunidad convirtió un territorio en espacio habitable y productivo, aprovechando los recursos que tenía a su alcance.
Y quizá por eso resulta tan sugerente aquella antigua interpretación de su nombre como «las aguas».
Porque en la Almayate nazarí, el agua significaba mucho más que agua.
Significaba cosechas, alimento, trabajo, permanencia y riqueza.
Significaba que, en una tierra situada entre la vega de Vélez y el Mediterráneo, había razones suficientes para quedarse.


